En mi familia no hubo muertos en muchos años. Cementerios y velorios me eran extraños, algunas veces acompañaba a mi mamá a velorios de personas desconocidas para mí, pero nada más.
Cuando tuve 30 años murió mi papá, y luego de eso la muerte como que tomó viada y los cementerios y velorios se volvieron cotidianos. Mi hijo jugó durante más de un año todas las mañanas de los domingos en el cementerio, corriendo entre las tumbas junto con sus primas.
Poco tiempo después murió Mamá Charito, tuvo una enfermedad tan larga y tan penosa, que la tristeza se confundía con la tranquilidad de no verla sufrir más. La tristeza por la muerte de mi papá era tan fuerte todavía, que no quedaba espacio para mucha más. No lloré hasta el día de su entierro, dentro mío algún duende egoísta me decía que las lágrimas le pertenecían a mi papá. Ella fue una presencia constante en mi vida, su casa era como una segunda casa para mi y mis hermanos. Me era difícil entenderla, muchas de sus actitudes me rebelaban, pero siempre estuvo ahí.
Siguió el tío Pali, medio hermano de mi mamá, y a quien veíamos poco porque vivía en Abancay. Mis recuerdos de él no son muchos, pero son alegres. Era el tío que me hizo cruzar por el medio de una avenida toreando a los carros. Yo acostumbrada a cruzar sólo en luz verde y en crucero peatonal, sentí una emoción parecida al de la montaña rusa, sólo me agarré fuerte de su brazo y confié en él. Era el tío que no podía entender que no me gustase el cuy, y se comía con gusto los pedazos que previamente yo había mutilado en un vano intento por encontrar carne. El tuvo también una enfermedad triste, al final sólo sentía dolor, y su familia, su enorme familia de 12 hijos con esposas y nietos, se turnaban para masajearle los pies. Eso me lo contaron, yo no estuve ahí, murió en Abancay.
Tío Peter murió en su cama, con su hijo Fabio, el menor de todos. Mi papá adoraba a su hermano Peter, y tío Peter adoraba a mi papá. Yo admiraba a mi papá, y el saber el amor que él le tenía a sus hermanos, era suficiente para saber que yo los querría también. Me regaló un libro cuándo era pequeña, y era un regalo para mí, con mi nombre, y eso era nuevo e importante para mí, ya que normalmente los regalos eran para Lilly y para mí, en esa época no tenía muchas cosas propias, todo se compartía y como mi hermana era mayor ella tenía prioridad en uso. Pero ese libro era mío, y me lo regaló tío Peter.
Hace poco murió tío Sid, y al fin recuperé la tristeza. Hasta hace poco la tristeza sólo le pertenecía a mi papá. Hoy, la muerte de tío Sid me devolvió la capacidad de llorar a mis muertos, siento que al fin, después de cuatro años, mi corazón empieza a cicatrizar y ya puede ser herido otra vez. Y por irónico que parezca, esto es bueno.
